La caja de madera

Se acercaba la Navidad. Me había prometido no dejar pasar otro año sin enviar una carta a un par de amigos y, por supuesto, a mi querida Elisa, en quien tenía puesta mi mayor esperanza de tener una contestación. No descartaba que Santiago y Paolo –entrañables amigos– también respondieran, aunque supongo que recibir una carta de quien un día estuviste enamorado, es un aliciente mayor. Siempre y cuando el densenlace no haya sido trágico.

Elisa y yo, no tuvimos final, por eso sé, que se alegrara, siempre fuimos más amigos que amantes, por eso nos seguimos queriendo. Con Santiago y Paolo, ni que decir, somos amigos por vocación, apenas conocernos fue no separarnos.

Confiaba en que por lo menos alguno respondiera. Tambien podía ocurrir lo contrario, que después de semejante sorpresa pudiera despertar una situación de alarma haciendo que tomaran el teléfono inmediatamente para saber si no estaba desahuciado. De ser así, mi plan de recibir del correo algo más que requerimientos de pago, propaganda o estados de cuenta, se vería totalmente frustrado.

Me remordía un poco la conciencia de estar a punto de realizar un gesto tan amable, un detalle impensable en alguien de mi generación, una práctica casi en extinción escondiendo una fondo un tanto narcisista: la satisfacción de recibir una carta. Es probable que más de uno descubriera mi verdadera intención,- no me desagrdaba esa idea,daría la oportunidad de confesarme y redimirme-. Me conocían de toda la vida y seguramente se les haría extraño que un hombre tan práctico como yo invirtiera un día de su vida en trasladarse a una oficina de correo,

para dejar un mensaje que tardaría meses en llegar. Eso, sin contar la planeación previa: buscar papel, sobres, un bolígrafo con buena tinta, practicar un poco la letra, –desde la universidad que no escribía sobre papel–. Cada que pensaba en semejante ritual y me imaginaba sentado frente a una hoja en blanco, sobre el escritorio,con mi mano tomando un lapicero, me trasladaba a los días de examen en la secundaria cuando pasaba horas mirando la hoja de preguntas, jugueteando con el lapicero como si fuera una varita mágica que me traería las respuestas que nunca llegaban.

Esa imagen en mi cabeza me hacía querer desistir por completo de la idea de enviar cartas. Pero luego llegaba nuevamente la noche, entraba a mi habitación y veía sobre mi buró la caja de madera vacía, la ansiedad por no dejar pasar un día más sin envíar esas cartas arremetía. Temía que las oficinas de correo cerraran en cualquier momento para convertirse en un museo.

Imaginar la caja con una carta de cualquiera de ellos o de los tres me producía una sensación de llenura, como cuando después de mucho buscar un sentido, te reconcilias con la vida haciendo lo que toca. Tenía claro que enviar las cartas era una cuestión de lealtad y no de convicción.

La idea de tener una caja con recuerdos me parecía tan obsoleta como el hecho de enviar una carta. En la actualidad no conozco a nadie que tenga una. Supongo que en la época del correo sería muy usual; además, había mucho más espacio, las casas eran muy grandes y todo se orientaba al exceso: familias numerosas, automóviles alargados y anchos, casas con patios y traspatios. La casa

de mis abuelos era un ejemplo de ello: nueve hijos, dos perros, una jaula repleta de periquitos australianos que no paraban de reproducirse y alargados corredores totalmente impracticos (mucho gasto de detergente a la hora de trapear), como si esto no fuer suficiente, el baño se encontraba al fondo cerca del traspatio, obligándote a cruzar todas las habitaciones antes de llegar.

Mi lugar favorito era el traspatio. Recorrerlo era una aventura arqueológica, ya que siempre encontraba cosas sin sentido, como el día que descubrí la base de metal de una antigua mecedora para bebe (supongo sería de alguna de mis tías), o la red de pescar que nunca supe para qué la mantenía ahí el abuelo (jamás llevó un pescado). También había un par de cosas que sí se empleaban, como el carbón y el asador, que no había diciembre que no se usara para reunir a todos los hijos que venían a pasar las fiestas.

Recuerdo la tarde que encontré en el traspatio una hamaca roída por la humedad. Me emocioné tanto que hice que mi abuelo la instalara en el jardín; era mi columpio y el lugar más socorrido en las bulliciosas tardes de carne asada que habrían intimidado a una jauría de perros ladrando. La tranquilidad de la tarde llegaba cuando la abuela llamaba al postre: café y ate de membrillo o arroz con leche, no variaba. A mí no me gustaba ninguna de las opciones y aprovechaba para escabullirme a las recámaras. Mi abuela tenía sobre su tocador figuras de porcelana en forma de perritos con las que mi madre me había prohibido jugar, pero yo inevitablemente buscaba el momento de escaparme para hacerlo. Sobre su pared me intimidaba un tapete con un león echado en la hierba mirando las estrellas, y aun así nada quitaba mis ganas de jugar con los animalitos de porcelana.

Una tarde de esas de comidas bulliciosas, entré a su recamara y no encontré en el tocador ninguno de los perritos. Empecé a buscar en los cajones y abrí todos hasta que, finalmente, en el último cajón, el de más abajo, mi mano se topó con una caja de madera. La saqué inmediatamente del cajón, esperanzado en que guardara las figuritas que tanto me gustaban. Era una caja muy bonita, con barniz brillante y líneas doradas en el contorno. La tapa tenía pintada un manojo de tulipanes rojos atados con un listón blanco que parecía volarse con el viento. De inmediato la abrí, pero lo único que encontré fue un montón de cartas abiertas, un par de pétalos de rosa secos.

Me decepcioné enormemente al no encontrar los animalitos de porcelana, pero la caja me encantó, así que la tomé conmigo y fui a buscar a mi abuela para preguntarle de qué se trataban esas cartas. Apenas estaba aprendiendo a leer. Iba en el corredor cuando la mirada enfurecida de mi abuela me interceptó para alcanzarme rápidamente en el pasillo y arrebatarme la caja de una sacudida. Nunca había visto a mi abuela enojada. Tenía la cara colorada, me tomó fuerte del brazo y me llevó a la habitación: “¿No sabes que no se urgan los cajones del los mayores? ¿Qué haces tomando cosas que no son tuyas?” Iba a empezar a llorar, pero me aguanté para que mi madre no se diera cuenta y no tener doble regaño. Fue la primera y única vez que mi abuela se enojó conmigo. De ella –salvo ese día–, solo recuerdo que hacía todo por consentirnos, especialmente a mí, quizá por ser el pequeño, o porque decía que me parecía al tío José Luis, un hermano de ella que murió cuando eran niños.

Mi abuela era una mujer tierna con piel muy suavecita, y abrazarla era como recostarme en un almohadón gigante. Me cuidó mucho de pequeño y tengo más recuerdos dulces de ella que de mi madre, supongo porque las abuelas no regañan. Por eso sé que se sintió tan mal ese día, buscando calmar su remordimiento a las pocas horas fue a buscarme a la casa: “Solo vine a traerle al niño una cajita que le gustó”. Mi mamá me llamó para que la recibiera y me sorprendió mucho que me la llevara. Por un momento creí que había ido a acusarme con mi mamá, pero fue todo lo contrario. Me miró guiñándome el ojo como haciendo una alianza de complicidad: estaba a salvo. Ahora, lo que había sucedido con la caja era nuestro secreto: “Es para guardar cartas. Cuando seas mayor vas a poder guardar ahí las tuyas”, me explicaba, mientras la colocaba en el buró junto a la cama.

Nos dimos un abrazo y quedamos en paz. Nunca quise tocar el tema con mi abuela sobre esas cartas. Dos años más tarde falleció. Murió mientras dormía, y digamos que murió con la misma paz con la que vivió. Hace un par de años le pregunté a mi mamá sobre las cosas que habían encontrado cuando la abuela murió, y nunca me dijo nada de que hubieran encontrado una carta. Una vez escuché a mi tía Estela, la mayor, comentar que mi abuela se había enamorado de un inmigrante italiano que vendía calzado, antes de conocer a mi abuelo. No sé si las cartas serían de él, pero supongo que será un secreto que se llevó con ella, dejándome con su partida un gran hueco y una caja de madera para guardar cartas que aún no he podido llenar.

Publicado por historiasdefatima

Creo que la vida es un viaje fascinante para trascender nuestras limitaciones y ser verdaderos agentes de cambio. Creativa y apasionada de la escritura. Mi desarrollo académico se ha enfocado en el estudio del ámbito público y de gobierno. Comprometida con la sociedad civil organizada y con mi desarrollo personal. Creadora del programa Be-lieve, un camino al liderazgo personal.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A <span>%d</span> blogueros les gusta esto: