New England

Sucedió en Nueva Inglaterra donde la vida era tan buena como entrar a una cafetería por una taza de café y que te regalen un pastel de cortesía, como caminar entre hojas de arces y descubrir una alfombra de estrellas ocres, rojas y marrones adornando las banquetas y los parques; paisajes de vainilla, canela y miel de maple, a eso olía mi vida en aquellos días de otoño donde todo era un constante descubrimiento.

 Boston se sentía antiguo y revolucionario, con un paradójico estilo victoriano enmarcando una ebullición de pensamiento, mientras que Cambridge su ciudad hermana parecía coronar toda clase de descubrimientos y pensamiento nuevo dejando una estela acuariana entre sus calles como símbolo de una inteligencia creativa y ágil. Ambas ciudades están unidas por un puente que me hacía pensar en a unos hermanos gemelos, totalmente idénticos en apariencia pero con gustos e ideología distinta. Cambridge el hermano liberal y vanguardista y Boston un  conservador moderado que acunaba reminiscencias independentistas.

Yo vivía en Cambridge, aunque siempre sentí que vivía Boston, para mí no había separación entre ambas ciudades. Caminar de una ciudad a otra era tan  facilidad como cruzar  hermosos puentes que atravesaba el río Charles.

Cambridge para mí era la joya que Boston encerraba como valuarte del conocimiento. Adornado por hermosas y famosas universidades, Cambridge me regaló uno de los más hermosos aprendizajes en uno de mis lugares favoritos, las bibliotecas.

Las elegantes y gigantescas bibliotecas eran el mejor sitio para estar. Mi favorita era la biblioteca Widener en Harvad Yard, la sola idea de saber que había una bóveda de libros debajo de su elegante arquitectura me producía una curiosa emoción. El conocimiento siempre ha sido uno de mis más grandes motores, por aquella época pensaba que en los libros podía encontrar la respuesta que buscaba;  y en cierta forma fue así, ahora que veo aquellos días en retrospectiva, me doy cuenta que no importa que tan lejos estés de lo que buscas, basta tener una inquietud genuina sobre algo para que las  respuestas comiencen a aparecer de la forma menos esperada. En mi caso aunque las respuestas no estaban en los libros, de mucho ayudaron esos apacibles y silenciosos días nevados en la biblioteca.

Desde mi llegada a Boston -a Cambridge para ser exactos- me dedique a recorre todas las bibliotecas, los parques y las cafeterías, probé todos los postres,- mis favoritos eran las tartas de frutos rojos- leía todo lo que podía y me obsesionaba por encontrar libros antiguos, entre más viejo más emocionante me parecía tenerlo entre mis manos.

Tiendas de antigüedades, chocolaterías, y pequeñas trattorias eran mi paseo de Domingo siempre acompañada de mi computadora portátil para poder escribir en cualquier sitio; nunca me gustó escribir en cuadernos y aunque tengo una colección de libretas, la computadora siempre me resultó más practica.

Escribía mucho, escribí parte de mi tesis, algunos cuentos, y también un par de sueños que me hicieron despertar consternada más de una noche. No entendía como mi cabeza había podido producir aquella película de ciencia ficción con seres tan fantásticos que bien valdría la pena que tomaran vida en un libro. Toda aquella maravillosa experiencia en realidad me llevaba muy sutilmente a algo mucho más profundo, que no tenía nada que ver con el pensamiento, pero mucho con el ser.

 Ser es muy diferente a existir o a vivir, es algo demasiado profundo que nos conecta con la esencia de la vida y que por supuesto no tiene respuesta en ninguna biblioteca ni en ningún libro, tampoco es algo que puedas explicar a alguien, la filosofía esta repleta de tratados sobre el SER, y en realidad el conocimiento al que tenía acceso esos días solo me llevaba a confundirme más.

Poco a poco sentía decepcionarme de la ciencia, -y no quiero de ninguna manera demeritar las valiosas aportaciones a la humanidad-, pero me parecía algo muy limitado. Mientras hacía mi investigación descubrí que el éxito de mi tesis radicaba en saber delimitar perfectamente el objeto de estudio y el abordaje para no perderte en un mar de teorías, esto me llevó a darme cuenta lo fácil que es cuestionar lo científico, nose por que los seres humanos confiamos a ojos cerrados en algo tan limitado como la ciencia y desconfiamos en algo tan inmenso como el SER.

Transcurrieron mis días otoñales entre reflexiones, viento fresco y tonalidades de naranjas intensos que no dejaban de sorprenderme, poco a poco las copas de los árboles fueron quedaban vacías, algo parecido ocurría con mis ideas, era como si después de escribir y leer tanto hubiera llegado una saturación que me impedía continuar con mi tesis y con cualquier cosa que pretendiera plasmar, fue entonces que pase de ser una lectora reflexiva a ser una observadora.

El invierno llegó alargando las noches y dejando a su paso un paisaje nevado que me parecía una árida estepa, los árboles secos se parecían mis pensamientos incapaces de producir nada creativo que sirviera para mi investigación.

El invierno comenzó a incomodarme a tal grado que tuve que buscar reconciliarme con él. Es curioso como a veces necesitamos sentirnos muy incomodos con algo para arreglarlo. Cuando hicé las paces con el invierno y acepté que era  la temporada más larga en Boston, decidí no precipitarme y tome esa aparente sequia de ideas como un descanso intelectual.

Comencé a asistir a la biblioteca sin ninguna intención de escribir ni leer. Llegaba temprano, elegía los asientos con la mejor vista y me dedicaba a observar el paisaje, los cambios de luz, los copos de nieve y a las aves. Pronto empecé a disfrutar del blanco que me rodeaba y a descubrir que en esos momentos de observación y respiración pausada el estrés se iba por completo, me sentía bien con solo existir sin pensar en hacer.

La observación me atrapaba y parecía invitarme  a algo nuevo y profundo, que alguna vez había escuchado pero nunca había experimentado, la contemplación.

Con la observación mi mente se aquietaba, recuerdo algunos días conseguir por instantes un silencio mental que me hacía sentir que desaparecía, descubrí que al callar los pensamientos solo eres, ya no existes, sé que suena paradójico pero hemos limitado la existencia a una imagen construida por nuestra mente, por eso entendí que cuando la mente se calla la existencia trasciende a otro plano mucho más amplio y bondadoso, el SER.

Cuando lograba aquietar por segundos la mente y dejaba de observar con mis ojos el juicio se aletargaba y la contemplación aparecía como una puerta que se abría generosamente por segundos para SER.

Esos pequeños instantes de aquietamiento mental eran oro puro, mejor que cualquier paseo dominical, o cualquier lectura que robustecía mi pensamiento.

Era en esos segundos cuando sentía que por segundos coexistía con algo mucho mas inmenso que YO.

El invierno transcurrió con mucho más soltura y paz de la que me hubiera imaginado, y en un abrir y cerrar de ojos la primavera llego adornando todo en lilas, violetas y rosados, el río charles dejo de ser hielo y se volvió a llenar de gansos y cisnes, los parques y puentes que conectaban Boston y Cambridge parecían mas transitados que nunca, y yo continúe haciendo lo que había ido a hacer, escribir mi tesis.

Las ideas florecieron nuevamente meses antes de que la primavera llegara, escribía con fluidez y me sentía distinta, mi ojo tenía una nueva mirada, era como si todo alrededor fuera una emanación de algo mucho más grande que tomaba forma en una hermosa experiencia llamada vida que no solo existe sino ES.

 

Publicado por historiasdefatima

Creo que la vida es un viaje fascinante para trascender nuestras limitaciones y ser verdaderos agentes de cambio. Creativa y apasionada de la escritura. Mi desarrollo académico se ha enfocado en el estudio del ámbito público y de gobierno. Comprometida con la sociedad civil organizada y con mi desarrollo personal. Creadora del programa Be-lieve, un camino al liderazgo personal.

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